lunes, 4 de abril de 2011

Aspera aequora

No pude soportar más el ambiente mundano de ese centro comercial de los sueños; ahí estaban todos, ahí había humanos, ahí estaba mi cuerpo. Así que quise que la Nada me llevara en su seno. Encontré a la Nada abriendome un espacio en la cima de unas escaleras eléctricas. Supe que era hora de empezar a volar. Me lancé planeando sobre las escaleras hasta que salí; el espacio que la Nada me había abierto se cerró detrás de mí y volé horas y horas sobre el llano del mar. Un mar agitado y de un azul casi negro. Había montañas por todas partes; entraba y salía de los intersticios que formaban las montañas, sentía la brisa de cada ola furiosa mojando mi cara, mi cuerpo, mis brazos que se esforzaban por no dejarme caer. Estaba extasiada, estaba en un lugar que no era la Nada, eso lo sé... quizá un arcano lugar donde todavía podía escuchar la voz de lo divino. Me hablaba la Muerte... me decía que pronto llegaría a mi primer parada, un lugar para descansar, donde estaría a salvo. Entré a un valle que se formaba entre dos montañas enormes. Estaba lleno de agua, como todo, pero era agua calma, como la de un lago. Había varias chozillas que sobresalían del agua. La Muerte, en una revelación oracular, me dijo que tenía que buscar a la mujer más vieja del lugar y suplicar hospitalidad. Encontré a la anciana decrépita, flaca y descalza en el umbral de la choza más pobre. Pude ver que daba órdenes al resto de la los habitantes con una voz ronca, pero casi inaudible; eran sus ojos saltones los que hablaban por ella, sus ojos que tenían más vida que los del resto de la gente. Me postré sobre sus pies, abrazando sus rodillas, pidiéndole que me permitiera quedarme una noche. Fueron varios segundos los que permanecí así postrada, sintiendo el lodo frío y húmedo en mis rodillas y mis pies. De un momento a otro la anciana me jaló del brazo y me levantó; me dijo que fuera a descansar en una de las habitaciones de la choza. Caminé descalza en el lodo, hacia la habitación a la que me había enviado... un poco antes de entrar a un patiecillo giré para ver una última vez a la anciana. Ya no estaba ella, pero pude ver a un sacerdote andrógino que llevaba el producto de la pesca del día y se disponía a celebrar una ceremonia de expiación. Seguí mi camino, entré al patiecillo que comunicaba con varias puertas. Una de ellas era la habitación que me habían asignado. Entré. Lo único fuerte que había en esas chozas hechas de un material parecido al adobe eran sus puertas adamantinas que dejaban entrar un poco de luz por su estrecha rejilla. Dos hombres yacían en el suelo, estaban dormidos, supuse que eran también viajeros. Momentos después vi a los seis felinos que me miraban con la cara de quien se dispone a cazar. -No puedo dormir aquí- me dije, y retrocedí sin éxito, pues la puerta estaba ya cerrada. Muerte me dijo que era tiempo de sacar mi única arma: un pequeño cuchillo que llevaba entre mis ropas mojadas. Así comenzó mi duelo con los felinos; estaban furiosos, y yo no sabía bien qué hacer en un espacio tan reducido. Comencé a tirar golpes con mi cuchillo mientras saltaba por las paredes y el techo, tratando de que no me alcanzaran. Ellos se abalanzaban sobre mí con garras y dientes. Hundí mi cuchillo en el lomo de uno y lo retorcí con fuerza para abrir lo suficiente como para que se desangrara. Al segundo se lo hundí en un ojo y al tercero de nuevo en el lomo. Esos tres cayeron muertos después de unos momentos. Los otros tres... ya no lo recuerdo... creo que Muerte se ha llevado mi inecesaria memoria.

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