lunes, 1 de abril de 2013

¡Qué cosa tan hermosa es el amor! Promete penetrar el corazón... nunca queda en deuda. Despacio y en silencio penetra la piel; la marca, queda roja, a veces morada. Dicen que en el amor el umbral del dolor aumenta y es cierto, muy cierto. Pronto ya no es sólo piel enrojecida, los músculos se abren, la sangre brota. Es amor, sólo amor. En algún momento comienza a doler más de lo normal, los músculos ya están abiertos y siguen las visceras; tal como la piel se enrojecen. Pero es amor, sólo amor. Una duda revolotea alrededor, ¿sigue siendo amor? Por supuesto, el amor lo resiste todo: es amor.
De las visceras brota sangre también... cuando todo deja de funcionar y la muerte acecha ya es una verdad absoluta e irrefutable: es amor.

lunes, 22 de octubre de 2012

En algún momento de mi vida me quejé de la atención que no me prestabas; de las muchas horas y muchos días que pasabas fuera y de aquellos que pasabas en casa, cual ausente, mirando la tele como embelesado, sin que nadie a tu alrederor existiese. Me quejé de mí misma, porque en algún momento el dolor de no tenerte se convirtió en indiferencia. ¿Qué clase de monstruo podía ser yo si sólo sentía indiferencia? Una indiferencia que a ratos se convertía en nostalgia; a momentos era un deseo inexplicable por darte otra oportunidad, por amarte aunque yo no tuviera la certeza de que tú me amabas. Muchas veces te escribí cartas como ésta, cartas que nunca verías. Algunas estaban impregnadas de sentimientos encontrados que incluían odio. Cuando recuerdo esas desafortunadas épocas no puedo más que pensar: "Pobrecilla muchachita, mucho te faltaba aun para digerir todo el enredo en que te había metido ese padre que te tocó".

Pero ahora que me ha alcanzado una edad en la que estoy a la mitad de la adolescencia y la madurez, ahora que las personas correctas se han puesto a mi lado y he decidido qué clase de persona quiero ser, me doy cuenta de que tú distas mucho de eso en lo que yo quiero convertirme. Me doy cuenta que yo disto mucho de eso que tú eres. Gracias a esa prolongada ausencia, física y espitual, yo no soy una persona prejuiciosa, soez, egoista ni falsa; aunque no tengo ninguna garantía de lograrlo, como cualquier persona, intento mirar siempre de frente al otro, respetándolo sólo porque merece respeto, e ignorando a aquel que ha demostrado no merecer mi atención.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando aprendí a leer, pude elegir a mi gusto los libros que quise y ellos me enseñaron, como pudieron, el mundo que, aunque yo no podía ver, podía sentirlo.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando me enamoré por primera vez, pude hacerlo libremente, sin escuchar tus recriminaciones hacia cualquier clase de amor no heterosexual.Cuando las escuché, yo ya estaba muy lejos de ser un individuo al que pudieras moldear con tus ideas retrógradas.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando salía de la escuela, pude irme muchas veces a comprar libros, a pasear por los museos y a conocer la ciudad que contigo llegué a recorrer sólo en un auto mientras tú escuchabas música a todo volumen. Casi parecía que lo hacías a propósito para no escuchar a nadie y para no tener que decir nada.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando lloraba por un amor, pude tomar desiciones libres, manejar mis relaciones aprendiendo de mis errores, cambiando muchas veces de perspectiva, pensando largamente lo que quería, sintiendo y disfrutando en mi pecho dolor y alegría por igual.

Gracias a que no estuviste cuando hice mi solicitud para entrar a la Universidad, pude aventurarme por caminos inexplorados hasta entonces en mi vida. Conocí personas que ni siquiera sabes que existen, personas que me marcaron de muchas maneras, que me ayudaron, me enseñaron o me dañaron.

Gracias a que no estás conmigo ahora, puedo saber que, si no estoy salva de ciertos rasgos de tu personalidad, estoy lejos de ser lo que tú quisieras que fuera, como tú quisieras que fuera. Soy yo, así, simple. Y aunque esa probrecilla muchachilla a veces todavía sale a hacer estragos, hay quien puede tranquilizarla haciéndole saber que ella es lo que debe ser: una persona conciente de sí misma y conciente de la necesaria evolución que debe emprender. Después de todo, no ha sido tan malo que estuvieses lejos.

jueves, 19 de abril de 2012

El regalo

¿Alguna vez has querido entregarle a alguien el regalo más sublime que jamás le has dado a nadie, y no sabes exactamente cuál es ese regalo? o, de saber cuál es, ¿no sabes cuál es la mejor manera de dárselo? :( A veces siento que lo tengo, pero que no es lo suficientemente perfecto...

miércoles, 19 de octubre de 2011

A Nadie

Que bien se siente percatarme de que hemos crecido tanto, de que los cambios no fueron en vano; que bien se siente percatarme de que no hemos terminado de crecer, de que la vida nos reserva mucho por superar, mucho por escuchar, mucho por amar. Desde aquí, en donde quiera que estés, hoy te amo.

miércoles, 25 de mayo de 2011

El final

Ha llegado el final. Apenas logro vislumbrar que ya está aquí, que es inminente, inevitable, aplastante. Es hora de un cambio, de muchos cambios, la gran parte de ellos, dolorosos. Estoy a punto de emprender un proyecto en aras de lograr esos cambios tan necesarios. Sin embargo, aún mi alma se resiste a dejar esta página; y de eso me doy cuenta simplemente porque apenas se me está moviendo el piso, pero todavía no sufro en verdad lo que sigue. No me malinterpreten, con "sufrir" no quiero decir que el cambio sea malo, pero sé bien que me va a doler mucho. Sola, es la única manera de que salga lo mejor o lo peor de mí; cualquiera de las dos cosas está bien, el punto es conocerme, hacerme conciente de eso que he sido pero que no me he tomado el tiempo de conceptualizar internamente. Ser responsable, cerrar mi ciclo, eso es lo que quiero. Debo mudarme, borrar las marcas que deben ser borradas. Algunas las conservaré, de otras no me podré deshacer aunque quiera.

jueves, 14 de abril de 2011

Quiero amar tus ojos brillantes... tu mirada que me dice tantas cosas; quiero amar tus labios que se mojan con frecuencia, tu sonrisa, tu frenética risa.
Quiero amar tus manos que furtivamente tocan la palma de mi mano, buscando mi caricia; quiero amar tus piernas que se aferran a mi cuerpo, tus brazos que me estrechan cuando quieren. Quiero amar tu silencio, tus lágrimas, tu tristeza... tus lágrimas rodando en tus mejillas y tus labios. Quiero amar tu cama, espacio divino, sureal. Quiero amar tu locura, quiero amarte con locura, quiero que seas todo.

lunes, 4 de abril de 2011

Aspera aequora

No pude soportar más el ambiente mundano de ese centro comercial de los sueños; ahí estaban todos, ahí había humanos, ahí estaba mi cuerpo. Así que quise que la Nada me llevara en su seno. Encontré a la Nada abriendome un espacio en la cima de unas escaleras eléctricas. Supe que era hora de empezar a volar. Me lancé planeando sobre las escaleras hasta que salí; el espacio que la Nada me había abierto se cerró detrás de mí y volé horas y horas sobre el llano del mar. Un mar agitado y de un azul casi negro. Había montañas por todas partes; entraba y salía de los intersticios que formaban las montañas, sentía la brisa de cada ola furiosa mojando mi cara, mi cuerpo, mis brazos que se esforzaban por no dejarme caer. Estaba extasiada, estaba en un lugar que no era la Nada, eso lo sé... quizá un arcano lugar donde todavía podía escuchar la voz de lo divino. Me hablaba la Muerte... me decía que pronto llegaría a mi primer parada, un lugar para descansar, donde estaría a salvo. Entré a un valle que se formaba entre dos montañas enormes. Estaba lleno de agua, como todo, pero era agua calma, como la de un lago. Había varias chozillas que sobresalían del agua. La Muerte, en una revelación oracular, me dijo que tenía que buscar a la mujer más vieja del lugar y suplicar hospitalidad. Encontré a la anciana decrépita, flaca y descalza en el umbral de la choza más pobre. Pude ver que daba órdenes al resto de la los habitantes con una voz ronca, pero casi inaudible; eran sus ojos saltones los que hablaban por ella, sus ojos que tenían más vida que los del resto de la gente. Me postré sobre sus pies, abrazando sus rodillas, pidiéndole que me permitiera quedarme una noche. Fueron varios segundos los que permanecí así postrada, sintiendo el lodo frío y húmedo en mis rodillas y mis pies. De un momento a otro la anciana me jaló del brazo y me levantó; me dijo que fuera a descansar en una de las habitaciones de la choza. Caminé descalza en el lodo, hacia la habitación a la que me había enviado... un poco antes de entrar a un patiecillo giré para ver una última vez a la anciana. Ya no estaba ella, pero pude ver a un sacerdote andrógino que llevaba el producto de la pesca del día y se disponía a celebrar una ceremonia de expiación. Seguí mi camino, entré al patiecillo que comunicaba con varias puertas. Una de ellas era la habitación que me habían asignado. Entré. Lo único fuerte que había en esas chozas hechas de un material parecido al adobe eran sus puertas adamantinas que dejaban entrar un poco de luz por su estrecha rejilla. Dos hombres yacían en el suelo, estaban dormidos, supuse que eran también viajeros. Momentos después vi a los seis felinos que me miraban con la cara de quien se dispone a cazar. -No puedo dormir aquí- me dije, y retrocedí sin éxito, pues la puerta estaba ya cerrada. Muerte me dijo que era tiempo de sacar mi única arma: un pequeño cuchillo que llevaba entre mis ropas mojadas. Así comenzó mi duelo con los felinos; estaban furiosos, y yo no sabía bien qué hacer en un espacio tan reducido. Comencé a tirar golpes con mi cuchillo mientras saltaba por las paredes y el techo, tratando de que no me alcanzaran. Ellos se abalanzaban sobre mí con garras y dientes. Hundí mi cuchillo en el lomo de uno y lo retorcí con fuerza para abrir lo suficiente como para que se desangrara. Al segundo se lo hundí en un ojo y al tercero de nuevo en el lomo. Esos tres cayeron muertos después de unos momentos. Los otros tres... ya no lo recuerdo... creo que Muerte se ha llevado mi inecesaria memoria.