lunes, 22 de octubre de 2012

En algún momento de mi vida me quejé de la atención que no me prestabas; de las muchas horas y muchos días que pasabas fuera y de aquellos que pasabas en casa, cual ausente, mirando la tele como embelesado, sin que nadie a tu alrederor existiese. Me quejé de mí misma, porque en algún momento el dolor de no tenerte se convirtió en indiferencia. ¿Qué clase de monstruo podía ser yo si sólo sentía indiferencia? Una indiferencia que a ratos se convertía en nostalgia; a momentos era un deseo inexplicable por darte otra oportunidad, por amarte aunque yo no tuviera la certeza de que tú me amabas. Muchas veces te escribí cartas como ésta, cartas que nunca verías. Algunas estaban impregnadas de sentimientos encontrados que incluían odio. Cuando recuerdo esas desafortunadas épocas no puedo más que pensar: "Pobrecilla muchachita, mucho te faltaba aun para digerir todo el enredo en que te había metido ese padre que te tocó".

Pero ahora que me ha alcanzado una edad en la que estoy a la mitad de la adolescencia y la madurez, ahora que las personas correctas se han puesto a mi lado y he decidido qué clase de persona quiero ser, me doy cuenta de que tú distas mucho de eso en lo que yo quiero convertirme. Me doy cuenta que yo disto mucho de eso que tú eres. Gracias a esa prolongada ausencia, física y espitual, yo no soy una persona prejuiciosa, soez, egoista ni falsa; aunque no tengo ninguna garantía de lograrlo, como cualquier persona, intento mirar siempre de frente al otro, respetándolo sólo porque merece respeto, e ignorando a aquel que ha demostrado no merecer mi atención.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando aprendí a leer, pude elegir a mi gusto los libros que quise y ellos me enseñaron, como pudieron, el mundo que, aunque yo no podía ver, podía sentirlo.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando me enamoré por primera vez, pude hacerlo libremente, sin escuchar tus recriminaciones hacia cualquier clase de amor no heterosexual.Cuando las escuché, yo ya estaba muy lejos de ser un individuo al que pudieras moldear con tus ideas retrógradas.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando salía de la escuela, pude irme muchas veces a comprar libros, a pasear por los museos y a conocer la ciudad que contigo llegué a recorrer sólo en un auto mientras tú escuchabas música a todo volumen. Casi parecía que lo hacías a propósito para no escuchar a nadie y para no tener que decir nada.

Gracias a que no estuviste conmigo cuando lloraba por un amor, pude tomar desiciones libres, manejar mis relaciones aprendiendo de mis errores, cambiando muchas veces de perspectiva, pensando largamente lo que quería, sintiendo y disfrutando en mi pecho dolor y alegría por igual.

Gracias a que no estuviste cuando hice mi solicitud para entrar a la Universidad, pude aventurarme por caminos inexplorados hasta entonces en mi vida. Conocí personas que ni siquiera sabes que existen, personas que me marcaron de muchas maneras, que me ayudaron, me enseñaron o me dañaron.

Gracias a que no estás conmigo ahora, puedo saber que, si no estoy salva de ciertos rasgos de tu personalidad, estoy lejos de ser lo que tú quisieras que fuera, como tú quisieras que fuera. Soy yo, así, simple. Y aunque esa probrecilla muchachilla a veces todavía sale a hacer estragos, hay quien puede tranquilizarla haciéndole saber que ella es lo que debe ser: una persona conciente de sí misma y conciente de la necesaria evolución que debe emprender. Después de todo, no ha sido tan malo que estuvieses lejos.

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